Pornografía y postpornografía feminista. De la violencia a la reivindicación del placer femenino
- 4 dic 2021
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Actualizado: 2 feb 2022
Pornografía, ¿desde su propia concepción es violenta?
Su etimología, puede darnos un primer vistazo (más no un panorama entero) pues, esta concepción se adquiere en la antigua Grecia en relación con las mujeres consideradas como prostitutas, pero, llamadas así de forma peyorativa (putas, cualquieras, etc.,) al ser las menos valoradas y protegidas entre todas las mujeres, incluso entre esclavas. (Dworkin, 1982) Proviene del griego pornê que significa “prostituta” y gráphein entendido como “acto de escritura, dibujo”, concretamente “representación”. Así pues, su unión significa “escrituras o representaciones sobre prostitutas”[1].
El problema de la definición de pornografía se encuentra en su distinción con el erotismo, pues su discrepancia parte desde el aspecto estético hasta el moral, una construcción cultural. Por otra parte, generalmente se reconoce por su objetivo, el de excitar sexualmente, donde su contraste parte de lo individual, pues “lo erótico vendría referido al sexo encuadrado en un contexto más amplio de la experiencia humana, seguiría siendo cierto que lo que se define, así como erotismo puede ser convertido por el/la lector/a o la audiencia en pornografía” (Osborne, 1993, pág., 29).
Las justificaciones sobre su prohibición se presentan en un contexto Occidental en el que se ha transformado a lo largo del tiempo principalmente por su función. Política, en cuanto textos que criticaban y satirizaban el régimen monárquico de Luis XVI durante la Revolución Francesa (Mejía, 2017), a ser representaciones visuales sexuales explicitas que tenían como fin el estímulo sexual, lo cual llevó a mantener una distribución controlada al ser consideradas como obscenas durante el siglo XIX (Prada, 2010).
Lo prohibido de dichas representaciones partía de la prohibición del sexo. Foucault (2008) señala que en países como China, Japón e India había una ars erótica, considerada como un secreto magistral sobre las prácticas y la verdad que era extraída del placer mismo como experiencia, como arte, y que, por otro lado, en la modernidad, se ha usado por la scientia sexualis instaurada en el Occidente Cristiano para establecer una ley entre lo permitido y lo prohibido, en el que la verdad podía ser obtenida mediante la confesión individual.
Comprensión de la estructura
Lo anterior se instituye a partir de la reforma moral en la que se privatizó la relación del individuo con Dios. Esto se creó bajo una lógica de control estatal en el que, según Silvia Federici (2004), durante el tránsito del feudalismo al capitalismo en la Edad Media, se impone un control y vigilancia sobre los cuerpos de las mujeres privatizándolos y resguardándolos al seno familiar como mecanismo de organización capitalista. La religión se traslapa con las necesidades del sistema económico como dispositivo de control enfocado al cuerpo femenino[2] por su carácter utilitario, es decir, su función reproductora en tanto fuerza de trabajo.
Bajo razón de producción, se genera una jerarquización, opresión y control sobre los cuerpos articulados dentro del sistema sexo/género definido por Gayle Rubin (1986) como “el conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana, y en el cual, se satisfacen esas necesidades humanas transformadas.” (pág., 97). De este modo, la reproducción dentro de la producción capitalista usa la identidad de género como mecanismo que edifica un sistema binario usando como dispositivo a la heterosexual.
Por lo tanto, el Estado sólo reconoce a los cuerpos que les son funcionales por su valor en la reproducción biológica. Es decir, su obligatoriedad se basa en una definición ideológica como construcción social y cultural del sexo y la sexualidad (Curiel, 2014). Reconocerlo así, permite romper con el carácter estático de los deseos al comprender la heterosexualidad como norma y no como una decisión o preferencia propia, más bien como una institución política.
Adriane Rich (1996) considera que es una imposición institucionalizada que asigna y permite la subsistencia de la dominación masculina sobre las mujeres, en todos los ámbitos de la vida, sobre todo el sexual. La autora enfatiza que, de tal suerte, la pornografía degrada el cuerpo femenino y lo representa como una sumisión obligada con imágenes sádicas y violentas donde la mujer solo tiene como objetivo cumplir con el apetito sexual del hombre, donde no hay contexto emocional y una clara carencia de personalidad individual.
Si bien, los valores y deseos sexuales no son construidos por la pornografía, si los reproduce y los refuerza generando un tipo de pedagogía que moldea las prácticas sexuales como primer acercamiento o como modelo hegemónico del sexo (Barzani, 2014). La pornografía mainstream[3] tiene características que se presentan constantemente en las producciones audiovisuales. Entre ellas se encuentran: la penetración, la felación, el fin último es la eyaculación masculina sobre el cuerpo de la mujer, mientras que el orgasmo femenino es ausente o exagerado. De igual manera, es recurrente le uso del primer plano a los genitales, contra plano y POV (Point Of View)[4]. Todo ello enmarcado desde el voyerismo en tanto interrupción de la intimidad de otrxs presentado alrededor de una constante artificialidad.
Esto último se presenta tanto en los escenarios como en los personajes, lo cual ayuda a la persistencia de estereotipos de género, así como de mandatos, pues el aspecto estético las mujeres es hipersexualizado y enmarcado en los estándares de la cultura occidental de lo considerado como “femenino” (cuerpos estilizados, depilados, maquillados, uñas pintadas y arreglo exagerado) y por otro lado, la presentación de una masculinidad hegemónica construida en torno a la genitalidad. (Morales, 2019)
Se genera una mirada mecanizada e irreal que instaura la idea de que la pornografía es sucia en tanto que la sexualidad femenina lo es y que bajo lógicas de consumo se explota esa misma idea (Dworkin, 1982), reproduciendo expresiones violentas devaluando la sexualidad femenina en tanto la degradación, objetivación y fetichización de sus cuerpos. Se puede argumentar que la pornografía mainstream es violenta debido a que se instituye en un sistema heteropatriarcal que lo refuerza mediante su discurso audiovisual que proyecta una mirada fija masculina o male gaze[5].
Para comprender el male gaze es necesario recordar que el género es relacional (Scott, 1996) se es mujer en contraposición de lo que es un hombre. De esta manera el male gaze se expresa mediante representaciones visuales (sobre todo cinematográficas) dictando características específicas de comportamiento, vestimenta y expresiones con el objetivo de presentar a las mujeres atractivas y de interés en tanto uso y satisfacción del hombre heterosexual enmarcada en una sociedad patriarcal (Sarah Vanbuskirk, 2021). Se reproduce la idea de la mujer como cuerpo de conquista y en constante observación.
Por una parte, se puede considerar como pedagogías del sexo, por retomar lo que se observa para la propia construcción de identidad, y que se genera en un contexto de pornificación[6] en la que se normalizan estas representaciones visuales fomentadas por una lógica capitalista y consumista en torno al sexo (Fávaro y De Miguel, 2016). A su vez, esto va difuminando la diferencia entre erotismo y pornografía, penetrando cada vez más en otros espacios de la cultura pop (Dines, 2010).
Elisenda Nieto (2020) señala que esto ha creado una confusión entre la distinción de fantasía-realidad en el porno y que la incapacidad de su compresión se debe a las carencias en la educación sexual, al no ser consideradas como mero entretenimiento. De esta forma, el seguir fomentándolo como prohibido por sus “expresiones explicitas”, se crea un círculo vicioso en el que por más que se prohíbe, más se consume, se presenta latente esa voluntad de saber[7] sobre el sexo y la sexualidad.
Lxs adolescentes crecen pensando que el porno –mainstream, pues el gratuito es al único al que pueden acceder—es el sexo. Aprenden, ante el vacío de información, que lo que ven en internet es lo que deben preformar y lo que gusta sexualmente hablando, resolviendo dudas e inquietudes en la red, no como sus familiares y educadores. (Ibidem, pág., 17)
Rita Sagato (2003), en su texto sobre el mandato de violación, menciona el papel que tiene la fantasía incitando la cuestión en torno a las representaciones de las fantasías violentas en el imaginario colectivo, preguntándose hasta qué punto atizan o previenen dichos actos violentos refiriéndose a la reproducción de estas imágenes por medio de los medios y en concreto la pornografía[8]. Precisamente, esta discusión se ha llevado a cabo en el debate que comienza a fines de los años setenta y cobra mayor relevancia durante los ochenta entre feministas antipornógrafas y las propornografía.
Nancy Prada (2010), señala que las feministas antipornografía o procensura tomaban como base la tesis del contrato sexual de Carole Pateman (1988), mostrando que éste es anterior al contrato social, por lo cual se les otorga a los hombres derecho sobre las mujeres, motivo por el que son objetivadas. De esta manera, la pornografía eterniza dichos contratos, por lo cual, estas producciones visuales son las encargadas de generar violencia en tanto una función pedagógica. La autora retoma a Robin Morgan[9] que, desde el feminismo cultural, considera al porno como la teoría y la violación como la práctica.
Aunado a ello, Andrea Dworkin y Catherine Macknninon crearon un grupo llamado WAP, por sus siglas en inglés, Womans Against Pornography, y señalaban que la pornografía mandaba un mensaje de desigualdad y subordinación explicita sobre la mujer, reforzando la jerarquización sexual presentando a las mujeres como pasivas, atentando contra los derechos políticos y civiles de las mujeres[10], pues el sometimiento era lo que excita sexualmente a los hombres (Croxatto y Heuck, 2009). Por ende, la esencia de la pornografía es la representación de los cuerpos femeninos dominados por los hombres propagando así el heterosexismo.
Por otra parte, se creó el grupo FACT (Feminist Against Censorship Taskforce) liderado por Lisa Duggan, Nan Hunter y Carole Vance[11]. El posicionamiento que tenían era que el feminismo no podía convertirse en una normativa moral de control sexual de las mujeres, que va desde los deseos[12] hasta el consumo pornográfico el cual lo aceptaban como un mecanismo viable de emancipación que generaría una ruptura con el contexto doméstico (Egaña, 2009).
Estas posturas van de la mano con las hipótesis sobre las consecuencias violentas de la pornografía, las cuales aún no son concluyentes, pero que también presentan la necesidad de ampliar las investigaciones en este ámbito. No obstante, se ha señalado que:
Si partimos de la poca o nula evidencia científica que relaciona la pornografía con los crímenes y delitos sexuales, entonces las violaciones, abusos sexuales y feminicidios podrían ser mejor explicados debido a la violencia en general que existe en las sociedades occidentales y con base a la misma actitud hostil con la que se ha abordado la mayor parte de las temáticas relacionadas con el sexo en nuestra sociedad (Roldán, 2019, pág. 65)
De esta forma, de la mano de las posturas del feminismo proporno y prosexo, se presenta una propuesta contemporánea de las representaciones, apostando por expresiones realistas e incluyentes que buscan cambiar el paradigma de la vulgaridad, la amoralidad y el male gaze: es el caso de postporno. Éste es considerado como una “forma de auto-representación de corporalidades y prácticas disidentes, que escapan y cuestionan la pornografía mainstream [y que dentro de ella] se apuesta por prácticas sexuales alternativas no coitocéntricas ni heterocéntricas” (García-Santesmases, 2018, pág. 76)
La pornografía feminista desafía el sistema de opresión del cuerpo femenino y su derecho al placer y el goce, ampliando el juicio erróneo que tenemos del sexo, empoderando el cuerpo mismo, dotando de agencia sexual a las mujeres, aquella que nos han negado. Una revolución que rompe con la industria patriarcal del mercado audiovisual, creando nuevos esquemas que rompan con la jerarquización de los géneros.
Estas propuestas no son definitivas, por lo contrario, se generan más preguntas que respuestas. Por ejemplo. ¿le podemos seguir llamando pornografía a este cambio de paradigma aun comprendiendo que su producción se lleva a cabo en un sistema capitalista con estructura patriarcal que controla el mercado y los cuerpos feminizados a su favor?
Desde aquí, se puede señalar que se trata de un problema ontológico, debido a que la pornografía desde su concepción etimológica presenta una postura peyorativa que se va transformado a lo largo de la historia, que va desde su representación estética hasta el objetivo masturbatorio. Por ende, se debe de tomar en cuenta el contexto, la cultura y la articulación del poder, mirarlo también como un problema estructural y hasta epistémico.
Por otra parte, el negar el concepto pornografía repite la idea de ser considerando como cine erótico o como expresión artística, quitándole fuerza y degradado de nuevo los actos sexuales con vulgaridad y con postura moralista. Este punto de vista parte también de los grupos denominados como SWERF (Sexual Working Exclusionary Radical Feminista) donde se considera que todo trabajo sexual sigue recreándose en una lógica patriarcal y no como una decisión propia de quien ejerce el trabajo.
No obstante, esto sería tomar una postura simplista, debido a que se debe de ampliar el debate hasta el problema de la precarización laboral de los cuerpos feminizados y la desigualdad social, económica, racial y la incapacidad. Por ello, el usar el termino post pornografía, tiene fuerza al usar la referencia de la representación de actos sexuales explícitos, pero con una resignificación de las producciones y las representaciones.
La pornografía feminista se crea dentro de la promesa postpornografica de generar espacios seguros[13] en el que se preocupan por los intérpretes y el acto, siendo una zona no jerarquizada en la que las decisiones no caen solo en quien dirige, sino que se toma en cuenta las representaciones y los cuerpos disidentes que lo realizan, para así dotarles de agencia y placer a aquellxs que se les ha negado. Da libertad a los cuerpos empoderándolos y des infantilizándolos, porque todxs tenemos derecho al placer en el sentido amplio de la palabra, fuera de la comprensión coito céntrica y heterosexista.
Es feminista porque va desde la reestructuración de las expresiones de la sexualidad ̶̶ ̶ debido que no explota, no oprime ni discrimina ̶ y, porque ofrece todo lo que la industria no ha ofrecido, como un esquema laboral de pago que garantiza condiciones laborales (Nieto, 2020). Las representaciones son importantes para en la construcción de la sexualidad, pues repercute en nuestro sentir y en nuestra identidad. Reconocer los actos violentos que en ellas se presentan es importante un desarrollo libre de violencia, y para ello, se deben de tomar en cuenta las estructuras de poder, la hegemonía, los espacios, la cultura, así como los individuos que las crean, las distribuyen y las consumen.
Referencias:
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Notas:
[1] Véase García, Amaury, Desentrañando “lo pornográfico”, 2001, para una revisión histórica de la evolución y producción cultural del concepto.
[2] Se instaura dentro del sistema patriarcal la posesión del cuerpo de las mujeres, el control del deseo erótico y de la sexualidad instaurado en el cuerpo femenino venía desde una visión religiosa donde “el clero reconoció el poder que el deseo sexual confería a las mujeres sobre los hombres y trató persistentemente de exorcizarlo” (ibid., 2004, pág., 62). Esto ha llevado que históricamente se perpetúe una visión que aleja a las mujeres de su propia agencia y las desposee de su placer sexual o deseo erótico.
[3]Puede ser entendida como aquella a la que se tiene mayor acceso al presentarse como producciones gratuitas publicadas en la web, como lo son PornHub, XVideos, PornTube y que están a cargo de productoras principalmente norteamericanas.
[4] Sería interesante realizar investigaciones con respecto al desarrollo de producciones que utilizan la realidad virtual explotando esta presentación.
[5]Este concepto lo instauró Laura Mulvey para hablar desde una postura feminista en el ámbito cinematográfico y como la narrativa del cine comercial de Hollywood se hace desde lo instinto escopofílico, entendido como el placer de ver al otro como objeto erótico. (véase Laura Mulvey, “Visual Pleasure and Narrative Cinema”, 1975).
[6] Se refiere a la saturación de discurso e imágenes sexuales en la sociedad contemporánea y trastoca productos y servicios. Especifica mente se refiere a que todo ello se debe a los cambios que han instaurado la producción de la pornografía (Fávaro y De Miguel, 2016)
[7] Para saber más del desarrollo histórico de la sexualidad véase Foucault, La voluntad de saber, (2008)
[8] Retoma a Judith Butler en tanto que la prohibición produce la pornografía y que el impedimento del uso de discurso sobre las fantasías son las responsables de causar violencia.
[9] Parte de su misma propuesta es que las mujeres se encuentran más relacionadas al ámbito de la afectividad, por lo cual se relacionaría con el erotismo, mientras que los hombres usan la pornografía como estímulos basados en la deshumanización y dominación de las mujeres. Esto, hasta cierto punto esencializa a los géneros marcando una separación entre los sentires y el placer diferenciado.
[10] Redactaron en conjunto varios proyectos de ley contra la pornografía, uno que resalta es aquel que se basa en el argumento de que al ser un mensaje de desigualdad debería de incluirse dentro de las opiniones para ser censurada, pero la corte lo tomo como un acto de libre expresión, razón por la cual es protegida por la primera enmienda (Ogien, 2003)
[11] Más adelante Gayle Rubin explicaba que la violencia de género no provenía de la pornografía en si, sino que “la industria del sexo en si misma es parte de una sociedad sexista y refleja, como expresión cultural, los desequilibrios de género que existen en la sociedad” (Rubin en Rocha y Santos, 2020, pág., 85)
[12] Estos posicionamientos deben de una revolución sexual femenina que rompía con los mandatos, la violencia sexual y exponían que la sexualidad femenina era un campo estudiado con una postura heteropatriarcal, pues se comienzan los estudios sobre el placer, resaltando las tecnologías del orgasmo donde se desmiente el placer genital y se concentra el clítoris como punto orgásmico (véase Rachel P. Maines, 2001)
[13] Véase TEDx Talks. (2015). Feminist porn: shifting our sexual culture | Olivia Tarplin | TEDxJerseyCity [YouTube Video]. Retrieved from https://www.youtube.com/watch?v=x38-iHvUqLY



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