La virginidad no existe, son los papás
- 15 oct 2020
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El mito de la virginidad
Bajo el discurso de la sexualidad, la cimentación del orden social y de la utilidad del sexo únicamente bajo el esquema de la reproducción de la especie, se fundamenta en el concepto de heterosexualidad. Un sistema que plantea una serie de comportamientos, valores, y la construcción de una identidad determinantes, bajo un eje de supuesta “naturalidad” como mecanismo legitimador. Se ha presentado la dicotomía del género en el que la sexualidad parece predominar por lo masculino, predeterminando relaciones de poder ejercidas sobre la mujer.
El acto sexual y específicamente, el primer encuentro, como elemento determinante de la sexualidad femenina, permite vislumbrar para los dos géneros precisas categorías biológicas así como culturales, la praxis del orden natural en las relaciones sociales. La idea de “la primera vez”, “desflorar”, “ruptura del himen”, “pérdida de la virginidad”, lleva consigo una alta carga simbólica dependiendo del contexto y la relaciones entre los sexos en un momento determinado, el cual se ve marcado esencialmente por dicha brecha de género en el que tal valor es apropiado principalmente por un sistema masculino que ve a la virginidad como un ente misterioso pero también objeto de posesión.
El enigma de la virginidad
En los escritos clásicos, principalmente aquellos que referían la anatomía, siempre narran a la sexualidad femenina por su contraparte, (Naddaff, Feher & Tazi, 1989) donde su funcionalidad está determinada siempre y cuando este sea otorgado por un hombre. Desde el punto de vista físico, la continuidad del mito de la ruptura del himen va arraigada con la idea del placer sexual femenino y la introducción del pene en la vagina y porque muchas veces ”el derecho a goce sexual está encaminado inicialmente a la satisfacción masculina y el de la mujer queda como secundario” (Koedt, 1968), lo cual ha llevado a estudios en lo que se ha demostrado que el orgasmo femenino ni siquiera se encuentra en la vagina, sino en el clítoris, desvinculando el placer con lo reproductivo, cuestionando su utilidad y el papel del hombre sobre la mujer.
Por ejemplo, Freud aunque pretende realizar un análisis de la sexualidad femenina desde el aspecto biológico, al hablar de que su funcionalidad únicamente dependiente de su contraparte, del pene, sin lugar a duda se acerca más a una concepción cultural cuando se refiere específicamente a este como falo, como la encarnación de estatus. Para Freud, ya que la mujer no cuenta con este solo pasa por él para concebir a un hijo (Rubin, 1986), por lo tanto la funcionalidad recae en cuestiones reproductivas y se confiere la idea de la maternidad.
Un claro ejemplo de dicha idea de la dependencia sexual de la mujer presentando su papel pasivo, es claramente explicado en El tabú de la virginidad, pues aquí plantea que el hombre que presencia el primer encuentro sexual de la mujer, habla de su honorabilidad, elevándolo a la categoría de único, lo cual es definido como “servilismo sexual” expresión acuñada por Krafft-Ebing (Gallo,1999). Para Freud la virginidad es algo circunstancial pues depende del contexto, momento histórico y orden social entre las relaciones de los sexos, donde este tiene gran valor para los dos. Por ejemplo, desde el lado ceremonial, en donde la desfloración era concebida por un tercero con estatus legitimo en la comunidad, representaba un proceso de castración femenina bajo la concepción de la ruptura del himen, pero no como una decisión propia, sino impuesta, que lleva consigo dolor y sufrimiento. Esta idea de los primitivos de ver la virginidad como peligrosa se ve representada por la sangre que se conecta con el tabú de la menstruación.
Por ello, la virginidad parece ser causante de angustia, un ente inquietante que afecta a los dos sexos. Pero todo esto marca más una pauta de imposición cultural enfocada principalmente en la autodeterminación del hombre en el acto dejando de lado el de la mujer, pues su propio cuerpo es visto como un tabú, pues no solo es el primer coito, sino como este trastoca sus relaciones sexuales futuras y en general todo su ser (íbidem, 199, p.6).
Aunado a ello, Simone de Beauvoir en el segundo sexo (1949), expresa que “la virginidad se presenta como la forma más acabada del misterio femenino”. Explica el significado de la virginidad realizando descripciones de como era considerada para las culturas primitivas. Señala que no existía deseo por aquella mujer que no hubiera ya sido desflorada para antes de su noche de bodas, pues ello significaba que si no causaba deseo en otro hombre y éste no la había tomado, entonces no valía la pena y de hecho, tenían preferencia hacia las mujeres que ya fueran madres.
Todo esto se encamina a una lógica de posesión que, bajo la unión contractual, el hombre toma a la esposa como propiedad personal y con ello la afirmación de dueño único. La ruptura del himen como máxima expresión del desfloramiento, la representación tangible para la credibilidad de los otros por medio de la sangre, es la consumación de la obtención del objeto deseado, algo jamás poseído por otros, el valor de único del que hablaba Freud, por ello el termino virgen también se aplica cuando el hombre conquista una tierra jamás tocada o descubierta por ningún otro. Esta concepción del tesoro que debe ser protegido, pero también descubierto, se adorna, se reconoce en poesías y canciones, y que aquel que lo tenga será ganador reconocido.
En ello se resalta el doble estándar de la moralidad. Manifestado por Thomas Keith, expone y reafirma este argumento, en el que la castidad femenina es una cuestión de propiedad, de la mujer; el esposo tiene derecho único sobre ella y su sexualidad, donde fidelidad es mantenimiento de la castidad: “El doble estándar, por lo tanto, es el reflejo de la opinión de que los hombres tienen propiedades en las mujeres y que el valor de estas propiedades disminuye enormemente si la mujer en algún momento tiene relaciones sexuales con alguien que no sea su esposo” (Thomas, 1959, pág. 200 ). Esta idea parte de la naturalidad de la tendencia de la monogamia como aparato de limitación, en el que la mujer solo puede presentar la utilidad del acto en la maternidad, donde el matrimonio supone castidad y fidelidad, una cuestión natural que al salirse de dichos patrones como la mujer “adultera” es señalado y vilipendiado, cuando dichas actitudes únicamente parecen “naturales” en el hombre (Yébenes, 2018).
Ahora bien, desde el contexto occidental, la religión, sobre todo en el caso de México, se ve el desarrollo del factor virginidad no sólo como determínate del honor del hombre, sino primordialmente como concepto definitivo del papel simbólico de la mujer. La carga simbólica de “virginidad” con gabela de la religión católica utiliza el símil de la madre de Dios para forjar los mecanismos en las relaciones sexuales, tachando sobre todo las premaritales, como un valor que debe de ser conservado hasta el matrimonio y aquella mujer que “pierda” su virginidad por tanto perderá su “pureza”, lo cual causaría deshonra generando un estigma no solo hacia sí misma, sino hacia su familia (Díaz y Reyes, 2012).
Es interesante como se utiliza el termino perder y ruptura, como un “algo” que jamás se recuperará. Se representa como algo que si bien, puede ser corrompido, debe ser preservado, presentándolo de esta forma la asignación de objeto que debe ser poseído, pero por un hombre. Si este lo toma es honor, pero en el caso de la mujer el peso cae en negativo, como una pieza fundamental de su funcionalidad “natural” pero también como expresión de su valor social.
El control como constructo
El construccionismo histórico, se enfoca en cómo y porqué se privilegia en la cultura a unos mientras a otros solo se les margina. En este caso, Foucault en su análisis sobre el dispositivo de sexualidad, se centra en una sociedad disciplinaria en la que más que negar, controlan. En ello se determina que es por una preocupación generalizada del control de la población por medio de la homogeneidad moral, económica, e higiénica.
Bajo este bio-poder se controló la sexualidad con instituciones científicas que en realidad estaba subordinada por una falsa moral. Las limitaciones del sexo y el deseo por la propagación de enfermedades venéreas, generó la regulación de la población, bajo la garantía de la “pureza de la mujer” por la proliferación de la prostitución como causa. De hecho, uno de los cuatro puntos estratégicos de control del dispositivo de sexualidad es el de la histerización de la mujer, el cual fue calificado y cualificado como un cuerpo íntegramente saturado de sexualidad, lo cual no solo generó interés en el ámbito médico, sino también como vínculo con la comunicación orgánica del cuerpo social y familiar (Foucault, 2011, pág. 98).
La delimitación de la sexualidad femenina es un constructo histórico claramente marcado por pautas de género, en donde además, el placer y el goce son vías privilegiadas para acceder al poder, lo cual informa un andamiaje en donde hay uno que ejerce el dominio sobre otro, pues “los patrones de sexualidad femenina son, de manera ineludible, un producto histórico del poder de los hombres para definir lo necesario y lo deseable” (Weeks, 1998, p.194), de hecho los principales estudios sobre el cuerpo femenino y todo lo derivado a su sexualidad estaban determinados por su contraparte.
Todo ello se puede deber a la predisposición del papel de los géneros determinado en un sistema heterosexual normativo, donde se establecen cuestiones como la esencia de la femineidad y de lo masculino. Tal y como aclara Zenia Yébenes (2018) la decadencia de la credibilidad en el sistema de afirmaciones hace difícil la legitimación del orden social, por lo tanto, se necesita al orden natural para declarar su efectividad. Se presentan criterios de utilidad basado en lo biológico (sexo), que parte a un proceso de significación determinados culturalmente en el que se estipulan constantes actitudes identificatorias para establecer patrones de pertenencia (categoría sexual) y conductas y actividades apropiadas a esta (género) (West y Zimmeran, 1987).
Por ello, no es de extrañarse que las presiones en la juventud vienen de ya “perderla”, aun preponderante en los hombres, como si las relaciones sexuales, el coito, fueran la apertura al mundo, pues tal y como apunta Foucault, dicho control sobre el sexo que ha multiplicado los sermones sobre lo prohibido, en realidad ha generado una creciente necesidad de saber sobre el sexo.
Se ha pretendido que la única forma en la que la mujer puede conocer su cuerpo y su placer es mediante un proceso de “iniciación” guiado con un mediador masculino. En palabras de Rosario Castellanos:
La osadía de indagar sobre si misma; la necesidad de hacerse consciente acerca del significado de la propia existencia corporal o la inaudita pretensión de conferirle significado a la propia existencia espiritual es duramente reprimida y castigada por el aparato social. Este ha dictaminado, de una vez y para siempre, que la única actitud lícita de la feminidad es la espera. (Castellanos, 2010, pág.14)
Conclusión
Parece interesante que en los escritos realizados sobre la virginidad únicamente es referida hacia las mujeres que no han tenido su primera relación sexual, la continua puntualización de la pasividad de su cuerpo que a su vez debe ser entendido; una imagen de extrañeza, como si la alteridad se cumpliera en lo femenino, esa categoría del otro a la que se refiere Beauvoir. Por ello no es de extrañar la carencia de estudios que hablen de la “virginidad masculina” como si fuera un suceso inimaginable, pretendiendo un discurso continuo de la posesión de su propio cuerpo, como lo esencial y lo absoluto, continuando así, con la saturación de la sexualidad en el cuerpo de la mujer y un misterio que debe de ser entendido.
Entender que dichas estipulaciones no son naturales, son constructos históricos que ejercen control sobre la vida misma, abren una puerta al análisis y a la deconstrucción de los procesos históricos y la voluntad de saber sobre la sexualidad femenina, pero desde la misma perspectiva de la mujer, la posesión de su propio cuerpo y del placer, sin necesidad de guías, de un “otro”, la iniciación por ella misma. Sin presión de mantener dicha castidad para alguien, pues el cuerpo solo debe ser posesión de quien nació con él. Entender ello permite acercarnos cada vez más a la propuesta de Rubin de una Teoría radical del sexo, a partir de la identificación de la injustica erótica y la opresión sexual de forma coherente, inteligente, humana y crítica (Moreno, 2015).
La gran preocupación de la virginidad desde aspectos biológicos no existe. Tal ruptura del himen no es suficiente para explicar la “primera vez”, pues los cuerpos son diferentes. Mientras algunas mujeres nacen con himen, otras no, o cuentan con alta flexibilidad, la sangre puede presentarse o no, y dado a estudios sobre el placer clitoriano, y el caso del disfrute sexual con personas del mismo sexo, durante todo este tiempo se ha legitimado el orden social por el determinismos biológicos, esto parece ya no tener sentido. La virginidad no queda más que como un mito.
Referencias:
Beauvoir, S. (2000). El Segundo Sexo. Madrid, Cátedra.
Castellanos, R, (2010). Mujer que sabe latín, Fondo de Cultura Económica, México, pp.168.
Foucault, M. (2008). Historia de la sexualidad 1: la voluntad del saber. Buenos Aires: Siglo XXI Editores. 152 p.
Gallo, H. (1999). El tabú de la virginidad, Afecto Societatis 19, 5: 1-13: Disponible en: http://antares.udea.edu.com/psicoan/affectio5.html
Koedt, A. (1968). The myth of the vaginal orgasm, Notes from the first year, “New York Radical Feminist”, Nueva York.
Moreno, H. “La sexualidad reproductiva como paradigma epistemológico”, en (2015) Revista de estudios de antropología sexual, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.
Nadaff, R., Feher, M., & Tazi, N. (1989) Fragments of a history of the human body, Zone, Nueva York, pp. 159 – 175.
Reyes Ruiz, Norma Elena, & Díaz-Loving, Rolando (2012). La virginidad: ¿una decisión individual o un mandato cultural?. Psicología Iberoamericana, 20(2),33-40. Disponible en: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=1339/133928816005
Rubine, G. (1986). El trafico de mujeres: notas sobre la economía política del sexo, Revista Nueva Antropología, 8 (30), 95-145.
Thomas, K. (1959). The Double Standard, Journal of the History of Ideas, University of Pennsylvania Press, 20 (2), pp. 195-216. Disponible en: http://www.jstor.org/stable/2707819,
Weeks, J. (1998). La construcción cultural de las sexualidades. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de cuerpo y sexualidad?, Paidós, México.
West, C., & Zimmerman, D. (2009). Accounting for doing gender. Gender & Society, 23(1), 112-122
Yébenes, Z. “Heterosexualidad”, en Moreno, H. & Alcántara E. (2018), Conceptos clave en los estudios de géner. Volúmen 2. México, Publicaciones fenómeno editorial.


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