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Viaje en el metro: una odisea universitaria

  • 11 sept 2018
  • 3 min de lectura

Actualizado: 2 feb 2022


¡No empuje!, ¡ay, quítese!, ¡auch, me está clavando su codo!, ¡pues si no te gusta te hubieras ido en taxi! Éstas frases y muchos vilipendios más son los que se escuchan a diario en la estación Pantitlán a partir de las seis de la mañana. Lugar de unión mexicana, pues es las estación predilecta por su conectividad con las líneas 1, 5, 9 y A. El nombre proviene del náhuatl y significa "entre banderas". La historia cuenta que anteriormente, la zona en la que se encuentra dicha estación, era parte del lago Texcoco. Antiguas aguas navegantes en las que, por protección a los conductores de las canoas, se les colocaban banderas a manera de aviso para evitar el peligro de los remolinos causados por las alcantarillas. Ahora los remolinos son de gente desesperada, atareada, mal encarada, con prisas y en ayunas. Masa que empuja y codea a sus compañeros de viaje para alcanzar lugar en el en algún vagón naranja y así llegar a sus destinos. En la línea uno, del lado de las mujeres, todas alineadas a lo largo del andén, esperando y desesperando. Para cuando el aire caliente arremete y despeina a las más arregladas, y el olor a plástico quemado se vuelve perceptible, inician las muestras de “afecto” mutuo a la llegada del tren. Se pierde el valor de la seguridad y todas pisan la línea amarilla, la primera en empujar es la viejita bolsona mal encarada, aquella en la que sus pensamientos se convierten en mirada retadora y gritos de hike, siempre preparada para taclear. Cuando todas abordan el vagón correspondiente, no se puede negar que México es un país unido, muy, muy unido. Como va avanzando la limusina naranja, comienza una mezcla de clases dentro del vagón. A la par se va concentrado un ambiente húmedo, caliente y de olores extraños; el de el pasajero que no se puso desodorante, aquel de axila sudada perceptible para la nariz de todos los acompañantes. También la mezcla de perfumes de catálogo: jafra y palomapicaso, tan dulces que marean más que el tambaleo de un barco. Comienzan los enfrenones que no son únicos de microbusero. Sin la necesidad de tomar el tubo, el individuo es detenido por sus acompañantes, aunque no sea de manera pretendida. Al llegar a Bulevar Puerto Aéreo, nombrada así desde 1969, pues era la más cercana al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, es frecuente la señora que lleva a sus tres (en ocasiones cinco) hijos colegiales, pero que ocupan el doble por el tamaño de las mochilas. Esta señora causa problemas durante todo el trayecto porque “denme espacio, ¿Qué no ven que traigo niños?”. Igual de frecuente es que se detenga en la estación Candelaria, la del patito. Esto porque está ubicada en lo que era la ribera del Lago de Texcoco y que era conocido por la gran cantidad de patos que se reunían en el lugar, y que eran parte del comercio de la era colonial. Cuando el metro se detiene la desesperación aumenta y se tensa el ambiente, una voz baja comienza a decir “¡avanza, maldito, avanza!” y se observan los rostros molestos y miradas constantes al reloj. Inicia la desesperanza por llegar a tiempo y también los rezos pues, cuando comienza a avanzar, se sabe que falta poco para alcanzar lugar. Antes del esperado suspiro, se recobran energías con destacado picor del aroma a cebolla y demás vegetales. Estación La Merced. Pero, a partir del metro Pino Suarez es notable la presencia de estudiantes; se deslumbran batas blancas, jóvenes adormiladas, grandes mochilas y fotocopias subrayadas en vez de rostros. Comienza la pregunta: “¿bajas en la que sigue?”. Aunque el destino no es Salto del Agua, es necesario empezar a movilizarse, de hacer canchita, pues son solo 3 estaciones para llegar a Balderas, con transbordo a Universidad. Al llegar al destino, comienza una carrera maratónica, no importa si quien va a tu lado es tu compañero de clase, los dos tienen el mismo destino, y por lo tanto la misma prisa. Al llegar al vagón se viven de nuevo los empujones y aromas, pero ahora más amigables pues la mayoría es parte de la comunidad universitaria. Durante toda la línea verde, a partir de Centro Médico se observan a las chicas que van en contra de la física, pues se dan una manita de gato al son del tren. Entre Zapata y Coyoacán la piel se comienza a aclarar y el vagón a vaciar. Ya en Copilco se observa el pasaje del tiempo creado por Guillermo Ceniceros, las jóvenes despiertan de manera automática y las batas blancas desaparecen. Por fin el destino final. Se guardan las copias y se forman en las puertas, que al abrirse, se respira el ambiente universitario; olor a mantequilla y café rodea los andenes. Se ve en el reloj las 7:15 y es el claro aviso para comenzar otra carrera a la facultad.

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