top of page

El tianguis del Salado: experiencia e identidad

  • 3 abr 2018
  • 4 min de lectura

Desde tempranas horas se puede escuchar bajando del metro Acatitla, un mix con la novedad y la música de moda en mp3 y de la mejor calidad para las fiestas. Desde guaracheras, cumbias, salsas, banda, hasta techno y reggaetón. Bajando las escaleras del metro se intensifica la música, se llena el ambiente de un fuerte olor a cannabis abriéndose así un mundo nuevo de consumo popular albergado por una gran cantidad de productos, de todo tipo, de verdad… de todo tipo.

Conforme se avanza por el laberinto de lonas y mesas improvisadas, del anonimato se pasa al reconocimiento con el “pásele güerita”, “mírele mi reina, pura calidad”. Se llenan los puestos de familias o de solitarios que cazan tesoros que son cien porciento seguros de encontrar en el mercado de El Salado. Caminando hacia el restaurante el Toks, por fuera de la plaza, se observan relojes de procedencia dudosa pero –que aseguran –de buena calidad, maquillajes de marca (pirata), hasta la de las Kardatchians, como dice la doña del puesto. Esta es otra cuestión, este universo tiene su propio lenguaje: el dinero es lana, varo, luz, y el cliente es marchanta, güera y patrón. Se inicia una relación afectiva y de confianza entre consumidor y vendedor: “ándele, pruébelo sin compromiso, ¿qué le muestro? Usted manda marchanta, dígame, qué le ofrezco.” Pero tampoco hay que “pasarse de lanza”, expresión gestada en el mestizaje, proveniente de la edad media donde se realizaban batallas llamadas justas entre caballeros armados montados en caballos, en donde el primero en caer por un golpe causado por la lanza del contrincante, perdía honor. Lo más impresionante del paisaje son las montañas,,, de ropa de paca. Este último producto es el principal pues este tiende a ocupar gran parte de la calzada Ignacio Zaragoza; eje vial y una de las principales avenidas de la Ciudad de México que atraviesa la ciudad de centro a sur, siendo una salida principal a algunas avenidas de vía rápida en el centro y sur-oriente de la ciudad. Cartulinas fosforescentes que indican la oferta de tres prendas por tan solo cincuenta pesitos, ¡un ofertón! Sobre todo porque siempre hay sorpresas. Desde chinches hasta pulgas, pero lo bueno es encontrarse de vez en cuando con algún tesoro, como prendas Dolce & Gabbana o un Forever 21. Eso depende del puesto, mientras más te alejas de la calzada y de acercas a la avenida Texcoco ya no hay mesas ni petates, hay banquetas y zaguanes. Al alejarse de las ropas inicia el pasadizo de los objetos de disminuido valor monetario y de poca utilidad, es decir, las chácharas. El venderlas es todo un arte, el estilo entrópico peculiar lleno de colores de figurillas, pinturas, juguetes, partes extrañas de aparatos electrónicos, aquellos que mientras más desechos más cotizados. Tan peculiar es esta acción que proviene de la necesidad ya se convirtió en toda una profesión. Los chachareros siempre están en la pesquisa de objetos de poco uso, olvidados y viejos (pero no tanto) que pueden ser reutilizados o admirados como antigüedades por las personas que cuentan con el don del buen ojo. Desde lámparas coloniales hasta perlas reales pueden ser encontradas en el desorden de lo nostálgico. En lo que era el antiguo canal de Texcoco, aquel que le da nombre a la avenida, se inunda de una extraña combinación de olores frutales pero principalmente de vegetación iniciando su periodo de descomposición; los gritos realizados con maestría y peculiaridad como ningún otro, el del vendedor que por medio de su retórica publicitaria y novedosos métodos de marketing que atraen a su puesto con el clásico “chéquelo, tóquelo, véalo, no viene mallugado” y pequeños anuncios de precio improvisados con un cartón y un palo de madera clavada entre los montes de frutos con pegajosas frases de convencimiento como “lleve toronja pa’ bajar la lonja”, o “el amor es una locura que la manzana lo cura”. Difícil negarse si no viene mallugada. Los olores se intensifican con el delicioso aroma que el mexicano identifica a primera instancia: las garnachas. Desde nana, buche, costilla y oreja, sumergidos en litros de manteca quemada preparada con Dios sabe qué, que sabe sabroso con su respectivo cilantro y cebolla o mejor conocidos en la jerga como pasto y llorona; la carne empanizada de nuevo sumergida en aceite dudoso pero delicioso ya preparado en semitas; chorizo, longaniza y hasta trompos de pastor junto con el olor a una infinita mezcla de chiles con tomates, esas salsas que no faltan en la dieta del mexicano, dan una amable invitación al paladar para cumplir con el dicho de “estómago lleno, corazón contento”. Después de alimentarse como es debido, junto con una coca bien fría, se sigue el recorrido para bajar la comida. Cerca de la Unidad Habitacional la Colmena, en esa división creada por mantas y lonas entre el antiguo D.F y Estado de México, el tianguis es unificador de clases, desde la señora ricachona del barrio hasta los teporochos de la esquina se unen sin verse y si lo hacen lo niegan. Desde la era prehispánica, en Mesoamérica los tianguis, cuya palabra proviene del náhuatl tiānquiz(tli), que significa mercado, no solo fue y es una experiencia comercial, sino sobre todo cultural. Clara muestra de nuestras raíces y ejemplo de mestizaje, de nuestra historia, acción mecanizada y ya parte de la cotidianidad que da sentido a la vida mexicana, da pertenencia y sobre todo identidad.

Comentarios


bottom of page